Hola, me llamo Chicho Sibilio. Se que la mayoría
me conocéis, no necesito presentaciones, soy un tipo conocido, un detective
famoso a lo largo y ancho de la calle
ancha. Y no, no soy jugador de baloncesto. Ni tampoco un dibujo animado. O al
menos no conscientemente, que todo puede ser.
Esto que viene a continuación es la transcripción literal de los apuntes que he ido haciendo diariamente en mi libreta de espiral desde que el mundo se fue al carajo.
La he titulado:
Guía Definitiva
de muertos, vivos y todos los
demás
Al principio era muy difícil entender que pasaba
algo, incluso para alguien tan audaz y sumamente perspicaz como lo soy yo.
La gente… Actuaba como siempre, bueno, vale, igual
gemían y gruñían un poco más de lo habitual, veías un aumento leve de mordiscos
entre señoras en la cola del Supermercado, los cortes de luz eran quizá mas
largos, los incendios en la ciudad menos controlados, el pánico en las calles
un pelín mas sobreactuado de lo normal, en la tele se estaban pasando con la reposición
de Los Simpson en un bucle continuo de 24 horas, y el rey se había ido de
vacaciones a un bunker secreto en Canarias en vez de a su residencia habitual
en Mallorca, pero poco más.
Nadie podía imaginar que las cosas se estaban
desmoronando.
Y al final… Compruebas que tu vecina Paquita trata
de morderte cada vez que bajas a la calle, la gente deja de quejarse cuando
orinas desde el balcón de tu habitación sobre ellos, y misteriosamente ya nadie
te cobra en el super, de hecho, nadie está trabajando, ni comprando… Ni nada.
¿Qué es lo primero que hice cuando me di cuenta de
que se había acabado el mundo? Lo lógico en estos casos, bajar al bar Manolo de
debajo de mi casa, y comerme todos los donuts frescos que había.
Es lo primero que se pone malo, se endurecen, y
pierden su textura y sabor, hay que deglutirlos cuando aún son recientes y no
se ha formado esa baba gelatinosa azucarada debajo que los endurece por encima
y los deja como tristes secundarios que puedes mojar en un café con leche, pero
no disfrutar a palo seco.
Que maravilla de la perseverancia y el saber hacer
es la gente que trabaja en el sector de la bollería industrial, el gobierno
podía poner pies en polvorosa, derruirse los cimientos del orden social, y
venirse abajo el mundo en dos días: Caos, destrucción, terror, muertos caníbales
rondando por ahí, pero aún y así, ayer vino un camión de reparto y dejó los Donuts, Bonys y Tigretones en la puerta
del bar. Eso es sacrificio por el bien común.
Lo observé llegar mientras orinaba por la ventana,
y a pesar de mis aplausos (Que hacen que casi le salpique) y desafiando el fin
de los días con una lánguida mirada al horizonte, el tipo del camión dejó el
preciado néctar calórico cuando la ciudad ya prácticamente había sido abandonada,
me hizo un leve gesto de saludo, y se marchó a seguir su ruta. Tan tranquilo.
Estoico y espartano, como un Leónidas cualquiera.
Imagino al aguerrido conductor, levantándose a las
cuatro de la mañana como cada día, apagando el despertador con gesto decidido,
mirando por su ventana los fuegos rojizos y descontrolados de los edificios en
llamas, suspirando ante lo mal que va el país al escuchar a sus vecinos
devorarse unos a otros, tomándose un buen café doble, y fumándose un ducados
mientras las noticias mostraban a un despeinado y ojeroso Matías Prats informando
de la obligación de la población de acudir a los Puntos Seguros, preguntándose
porque COÑO Matías no decía nada del Barça y del Real Madrid, despidiéndose de
Vicenta con un beso (No se porqué, pero en mi visión, su mujer, se llamaba
Vicenta) que dormía a pierna suelta en la cama, con su crema de apio para las
arrugas en la cara. Y al fin, poniéndose su gorra y chaqueta del uniforme de
repartidor de la Panrico ,
cogiendo las llaves del camión, y dispuesto a llevar la paz y el sosiego
espiritual a los buenos ciudadanos amantes de la ley el orden y los phoskitos.
Como debe ser.
Ante tamaña gesta, mi almuerzo había sido tanto un
placer, como una obligación.
Había rastros de pelea dentro del bar, cosa
habitual, lo no tan habitual es que Manolo no hubiera fregado la sangre, y
estaba estuviera coagulándose por todas partes.
Dudaba que Manolo volviera por allí.
Más que nada lo deduje porque se había ido con
tanta prisa que se había dejado el brazo derecho (Donde tenía el tatuaje de
“LIVERTÁ”) tirado sobre el mostrador, de cualquier manera, ahí, para que cualquiera
pudiera robarlo, y ya se sabe, que cuando uno está dispuesto a perder apéndices
en una huida… Esta suele ser definitiva.
Acabado el desayuno me planteé el siguiente movimiento
con calma.
¿Qué iba a hacer con mi vida a partir de aquel
momento?
Hasta lo de los donuts, la cosa había ido bien, y
en un mundo donde en un momento eres tú, y al siguiente un bolo alimenticio en
la boca de un muerto hambriento, los planes a largo plazo no son una buena
idea, hay que hacerlos a 5 minutos vista. Como mucho.
Volver a casa no era una opción por el momento, no
había comida, no daban nada bueno por la tele, y mi colección de DVD’s… Me los
sabía de memoria.
Cuando te descubres a ti mismo repitiendo a la vez
que los actores los diálogos del Señor de los Anillos, la trilogía completa,
versión extendida por supuesto, incluso los de los extras, es el momento de
empezar a mover tu culo hacia Marte.
Además, desde que Ralph había vuelto a la vida
(Ralph es un muerto que ya vivía antes conmigo, antes de estar de nuevo vivo,
vamos, cuando estaba muerto vivía en mi casa)
¿Es correcto decir que un muerto vive en tu casa?
Mas bien que ESTABA en mi casa cuando yo me mudé
allí, pero ahora, con todo el tema de su resurrección el tipo estaba muy
pesado, con la manía esa de estar todo el rato intentando morderme.
Y que su pene incorrupto y erecto siguiera
apuntando al techo en todo momento no ayudaba a mejorarlo.
Lo había encerrado en su habitación (Bueno, en su
armario) pero golpeaba la puerta, y hacía esos irritantes ruiditos que hacen
todos los muertos, ya me entendéis, esos gruñidos lastimeros como diciendo
“Eeeh, sácame, solo quiero un bocadito”.
Los cojones.
Prefería al Ralph de antes. El muerto -muerto.
Soy un tipo de sangre fría, ya me conocéis, así
que el hecho de que un par de zombis se pegaran a los cristales del bar
observándome, manchándolo todo de sangre al intentar morder el cristal, no me provocó
el más mínimo interés mientras seguía barajando opciones.
Tal vez… ¿Irme con mi madre?
No era una opción.
Entré en casa de mi madre aquella misma mañana, me
paré en medio del pasillo y me tiré un sonoro pedo, después eructé con fuerza
suficiente como para hacer temblar los cristales de toda la casa. Espere 5
segundos, y la fulminante colleja al grito de “¡CERDO INMUNDO!” No llegó, así
que ella se había ido de la ciudad, sin género de dudas.
Había una nota pegada a la nevera, y dentro una
olla con 5 kilos de patatas al gratén con bacon, queso y salsa ranchera. Me
comí la nota y leí las patatas.
Bueno, igual al revés.
Mi madre y mi tía son supervivientes natas, en
cuanto las cosas se pusieron feas, cogieron el coche y se fueron a casa de su
madre, mi abuela, la Concha ,
en Teruel, en la Fortaleza Inexpugnable
que la Señora Concha ,
en su manía de que los rojos comunistas y masones se preparaban para asesinarla
había construido a lo largo de su extensa vida, allí ningún apestoso muerto se
atrevería a entrar. Eso era un hecho.
Ah, la nota decía “NOS BAMOS ONDE LA HABUELA , SI QUIERES
BENTE”.
Prefiero el treinta.
Mi abuela tenía unos ochocientos millones de años,
más o menos, y aún sabía desmontar y montar un CETME del año 1953 en menos de
45 segundos, lo guardaba bajo su almohada en perfecto estado de revista, para
usarlo contra cualquiera que pasara sin llamar a la puerta para identificarse antes.
Era la viuda de un coronel Falangista llamado Leopoldo, y el tipo a su lado,
parecía Ghandi.
El pobre hombre perdió el oído en el Sidi Ifni, y
después de casarse con mi abuela jamás se molestó en intentar buscarlo.
Mi abuela siempre llevaba una pistola y unas
tijeras en el bolso, “La pistola por los rojos, y las tijeras por los
violadores” decía.
A mi me había disparado 3 veces.
Y solo una de ellas había sido por error.
No, la opción Teruel solo era el comodín de salida
en caso de emergencia.
Y todavía no habíamos llegado a eso.
Ahora había siete zombis en la puerta del bar. Y
empezaba a plantearse en sus podridos cerebros si los cristales podrían
aguantar sus golpes y lametazos mucho tiempo. Yo había puesto el cartel de
“CERRADO” en la entrada, cosa que evidentemente les disuadía de entrar usando
el pomo de la puerta, pero se estaban poniendo muy pesados con sus golpecitos.
En fin…
Así que… ¿Qué me quedaba?
Pues evidentemente la opción que un experto en
zombis como yo, y como todo aquel que se precie de haber visto y leído todo el
material sobre el tema (Y en esto incluyo las apestosas películas de Lucio Fulcci)
podría hacer:
IR AL EROSKI DE SANT CUGAT, tal como se
especificaba en la guía de supervivencia que se había gestado en Facebook y que
a todas luces era un grupo serio y eficaz que ya estaba allí, en el centro
comercial, organizándose y preparándose para esto. Porque… Iban en serio ¿No?,
Nadie iba a crear un grupo en Facebook SOLO por pasar el rato ¿Verdad? Hay que
ser muy tonto para hacer una cosa así.
Hacía tiempo que el plan ya estaba diseñado, había
planos del sitio, lugares donde montar las barricadas, tiendas llenas de
comida, y una férrea y jerarquizada organización desde la cual redirigir el
asalto a la ciudad y recuperarla de las garras de los zombis.
Todo ello organizado por un grueso número de
entusiastas que ya SABÍAN, como yo mismo, que ESTO, iba a pasar en cualquier
momento, y que cuando sus madres les decían “¿Estas viendo otra puta vez esa
película de mierda? ¡Se te va a pudrir el cerebro! Sonreían con la satisfacción
de saber, que en realidad, estaban protegiendo precisamente eso.
Aunque he de añadir un par de cosas básicas, para
que entréis en materia:
Lo primero: Los muertos no dicen “CEREBROS,
CEREBROS” ni nada por el estilo, en realidad no dicen nada, como mucho gruñen
un poco, comen con la boca abierta y hacen ruido al hacerlo, pero OJO, eso de
por si, no quiere decir que sean zombis, ¡No disparéis! porque yo mismo la
mayor parte del tiempo ando gruñendo, comiendo con la boca abierta, y haciendo
ruido mientras lo hago, incluso canto canciones enseñando comida masticada con
la boca abierta…
Sobre un escenario…
Delante de mucha gente. Miles…
Y me miran. En silencio. Y David Bustamante llora
aterrorizado a mi lado…
Estoy desnudo.
Bueno, no es del todo cierto: llevo un tanga de
leopardo.
(Bueno,
esto mejor lo explico otro día)
Y lo segundo: ¿Corren los zombis? Pues la verdad,
depende del tipo, si está fresco, corre que se las pela, y como no te espabiles,
te pelan a ti, luego, cuando se van acartonando, ya solo se pegan sprints en
distancias cortas, o si la presa está relativamente cerca, y finalmente, si es
un muerto rancio, de estos que se caen a pedazos, salido de una tumba, pues no,
mas bien se arrastran, y esperan pillarte por sorpresa, al doblar una esquina,
o tras una puerta, o cuando estás dormido… Ese tipo de cosas.
Son listos los jodidos, pero yo MÁS.
Algo me estaba mordiendo el brazo.
Vaya, al parecer Manolo no se había ido muy lejos,
estaba allí, clavándome la piñata en el codo con furia, babeándome mucho, no le
había visto porque tampoco tenía piernas, y había quedado por debajo de mi
campo de visión, al estar yo sentado en los taburetes de la barra de su bar, y
al carecer él de piernas y un brazo (Le habían dejado hecho un tronco) y claro,
como todo el mundo sabe, cuando me pongo a pensar me abstraigo un poco, y había
aprovechado ese momento, en plan traidor vil, para hincarme el diente.